Siento de gran importancia hacerles saber lo que mi padre me ha inculcado y enseñado desde que tengo uso de razón.
Francisco Quesada ha sido un gran ejemplo en en mi vida.
Desde niña lo recuerdo pasando sus ratos libres contándome bellas y pícaras historias de su infancia. Me encantaba que me contara la historia cuando perdió su paraguas, o cuando fue de paseo en tren al puerto de Puntarenas.
Tenía una magia y una creatividad para hacer de sus relatos toda una aventura.
Además de ser un gran narrador, era un excelente actor. Me acuerdo que nos divertíamos jugando a que yo era la mamá y él era mi hijo; yo era una pastelera y él iba a repartir los pasteles por las casas de los vecinos, mi nombre era doña Katta y él se llamaba Willín. Era un juego muy divertido, donde inventábamos cómo eran los pasteles, que hacíamos con tucos de madera, era un juego donde ambos nos entregábamos, yo como niña y él como padre.
Desde pequeña mi padre me ayudaba a estimular la creatividad y la imaginación, aspectos que se hubieran perdido si yo hubiera pasado horas frente al televisor, pero gracias a la buena disciplina de mis padres, nunca sucedió así. A mis hermanas y yo siempre nos enseñaba a buscar pasatiempos sanos, inteligentes, donde las neuronas del cerebro trabajaran. Si nos veía tiradas en la cama, viendo televisión nos decía: "Hagan algo productivo, usen su imaginación, dibujen, lean, inventen algo, ustedes son muy creativas", y lo hacía con tal emoción y motivación que de inmediato le hacíamos caso y encontrábamos algo sano qué hacer.
Además de inculcar en mí juegos sanos e inteligentes, mi papá siempre estuvo al tanto de mi buena educación y de fomentar el amor hacia ella. Tenía un ingenio para motivar, que me acuerdo que cuando lo escuchaba hablar acerca de la importancia de estudiar, de inmediato me entraban las ganas y hasta se me hacia la boca agua por ir a devorar los libros de la escuela. Todavía guardo esa sensación de antojo, que cada vez que me entra el desánimo, de inmediato viajo a esos momentos de infancia y me levanto de nuevo.
Estoy muy agradecida con mi padre, por la buena educación que inculcó en mí, por hacerme entender la importancia del estudio y por no permitir que la televisión ocupara un lugar importante en mis pasatiempos; para mí era mucho más entretenido jugar, inventar aventuras, dibujar, que pasar horas inerte frente al televisor.
Ojalá todos los padres tuvieran ese tiempo que tuvo mi padre hacia mí, porque él a pesar de que trabajaba, a pesar de que llegaba cansado tras un día arduo de labores en la Universidad, llegaba, dejaba sus cosas y pensamientos a un lado y con una sonrisa en su rostro se preparaba para pasar su rato inculcándome valores por medio del juego.
Qué importante que son los padres en la educación de los hijos. Tienen la obligación de inculcarles valores desde pequeños. A mí me han seguido hasta la fecha y gracias a esos valores inculcados es que soy la persona que soy, amante del estudio, deseosa de seguir aprendiendo y amante del aprendizaje sano.
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