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Publicista, cantante, actriz. Estudiante de Enseñanza de la Música UCR

lunes, 12 de julio de 2010

UNA MADRE EJEMPLAR


por Amanda Quesada


No tengo palabras para decir lo orgullosa que me siento de mi madre, un ejemplo a seguir, tantas cosas que a través del tiempo ella me ha enseñado y por tanto, no puedo ocultar su historia.
Xinia, mi madre, nació en el centro de Liberia, Guanacaste, un 16 de octubre de 1954, en una casa bastante humilde, con piso de tierra, paredes de madera con hendijas entre las tablillas de las paredes. Su madre, mi abuela, trabajaba en el aseo del hospital de su pueblo, tenía una jornada continua, desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche.
Mi madre, desde los cinco años de edad tenía que encargarse de sus cuatro hermanos, dos menores y dos mayores, a los cuales tenía que dar la comida, lavar su ropa, además de eso, debía encargarse de la limpieza de la casa, y hacer las compras del mercado. Pero ella, a pesar de su duro trabajo, no dejaba de soñar en convertirse en una profesional algún día, así que en su tiempo libre se dedicaba a estudiar, leer y aprender.
Asistía a la escuela Ascensión Esquivel, donde obtuvo siempre el cuadro de honor por mejor estudiante; a pesar de sus limitaciones económicas, nunca se dio por vencida y hacía todo lo posible por ser siempre la mejor estudiante de su escuela.
A sus diez años obtuvo por primera vez un par de zapatos, los cuales llevaba con emoción porque habían sido obsequiados por su padre, quien se había ido de la casa desde el momento en que ella nació; ella dejó de verlo cuando cumplió los diecisiete años.
Xinia era una niña apreciada, admirada por todos, especialmente por los maestros, que aun en estos tiempoS la saludan con gran orgullo y admiración.
A sus once años hizo maletas para viajar a la capital, donde trabajó durante un año en una residencia de alto status, a pesar de recibir en varias ocasiones maltratos y humillaciones por parte de los “popof” de la capital, aun así, asistía a la escuela América (frente al parque Morzán), porque ella siempre pensaba que todo sacrificio era válido para poder lograr su sueño de estudiar y seguir adelante.
Cansada de la explotación ocasionada por los patrones josefinos, decidió regresar a su pueblo adorado, Liberia, donde terminó la secundaria. En su último año, por sus altas calificaciones, le otorgaron una beca para ir de intercambio durante un año a los Estados Unidos, donde pudo aprender el inglés y hablarlo casi perfectamente. Al regresar, vino convertida en toda una triunfadora, porque además de obtener altas calificaciones allá en un colegio de Ohio, también vino con grandes satisfacciones por conocer allá una vida totalmente diferente a la de este país, además de obtener un gran respeto y admiración por los norteamericanos.
Al salir del quinto año y graduarse con honores, venía la parte en que ella debía decidir qué estudiar. Empezó por matricularse en la Universidad de Costa Rica, sede de Guanacaste para estudiar biología, allí conoció a mi padre, un profesor de matemáticas, que quedó admirado por la inteligencia y madurez de Xinia, una joven de familia humilde, pobre económicamente, pero con riqueza espiritual y mental. Después de un noviazgo de aproximadamente dos años decidieron unir sus vidas y trasladarse a la capital de la cual es originario Franciso, mi padre.
En San José, mi madre decide matricularse de nuevo en la Universidad de Costa Rica, pero esta vez en la carrera de derecho, la cual siempre le había llamado la atención. Nunca dejó abandonada la carrera, a pesar de estar embarazada de mí, seguía yendo a sus clases, recuerdo que mi madre me llevaba en ocasiones a la universidad, porque no tenía con quien dejarme, mi padre trabajaba como profesor en dicha institución.
Fueron unos siete largos años de estar asistiendo a clases, cuidando de mí y de mi otra hermana que nació cuatro años después. Pero a pesar de tanto sacrificio, logró terminar su carrera con verdaderos triunfos, siempre logrando respeto, admiración, orgullo por parte de sus compañeros y profesores que todavía la recuerdan como una estudiante ejemplar.
Después de salir triunfante de la universidad, empezó a trabajar en distintos bufetes de abogados, luego nació su tercera hija, por lo que tuvo que detener un poco su camino laboral, para dedicarse a nosotros y a la casa, en lo cual nunca falló y le estoy eternamente agradecida.
Luego que mi hermana menor creció, sus frutos como excelente estudiante se empezaron a notar, cuando uno de sus ex-profesores la llamó para que trabajara a su lado en el ministerio de justicia del gobierno de José María Figueres, allí empezó a meterse un poco en la política, pero siempre haciéndolo de manera ética, no prestándose a juegos corruptos, siempre limpiando su honor y siendo leal a sus principios; por esta razón es que de ambos bandos políticos la toman en cuenta, porque conocen su gran transparencia y sentido de lealtad hacia las personas.
Ninguna persona que conoce a mi madre podrá decir algo en contra de ella, porque ha sabido ganarse el respeto de todo el que trabaja a su lado.
La admiro porque es una mujer, que a pesar de sus limitaciones económicas, supo salir adelante y lograr tener un título con honores.
Es una persona con un léxico envidiable, porque desde que supo leer, devoraba libros a montones, siempre con una sed de conocimiento. Siempre con muchas ganas de levantarse para ir a la escuela; nunca se escuchaba en sus palabras diarias el término pereza. Qué diferente sería el mundo, si todos los jóvenes pensaran como ella. Hay tantos que teniendo el dinero dejan de lado el estudio, lo abandonan sin darse cuenta de la riqueza que están perdiendo.
Mi madre es un ejemplo a seguir, estoy muy orgullosa de ella y de los logros que ha obtenido.
Que esta historia les sirva a todos aquéllos que por alguna razón no quieren seguir estudiando. Sepan que la verdadera riqueza no es la que nos hace comprar un televisor o un vestido nuevo, sino la que logra que la gente que está a nuestro alrededor nos admire, respete; la verdadera riqueza es la que llevamos por dentro.

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